La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura ha dado un honor a uno de los alimentos básicos regionales. Se trata del amaranto, específicamente la Alegría de Tulyehulaco, honrando no sólo a la semilla sino también a toda la cultura alrededor de su cultivo. Por esta razón y otras más se ha nombrado a este multifacético alimento como Patrimonio Cultural Intangible de la CDMX.

Las bondades del amaranto

 

Una foto publicada por Edgard TM (@edgard.tellez) el


Es un hecho bien sabido que el amaranto proporciona grandes beneficios a la salud por su alta cantidad de nutrientes. Es un alimento abundante en proteínas, lípidos, almidones, carbohidratos, vitaminas A, C, D y K, así como minerales y más. Además, su cultivo es relativamente sencillo debido a que tiene mucha facilidad para crecer en lugares con muy poca fertilidad.

Una foto publicada por Nicole Martel (@nicoomartel) el


Es por estas razones que el amaranto fue un alimento común para las culturas de Mesoamérica, como aztecas y mayas. En particular, estas dos culturas daban a esta semilla un carácter sagrado al al formar parte de varios rituales religiosos. En el caso de los aztecas, moldeaban con este grano figuras de los dioses, los cuales procedían después a comer. Este acto de ídolos simbolizaba para los hombres el participar en la divinidad, un acto que desarrollaban con un respeto.

Su lugar en la historia

 

Una foto publicada por Estrella Cervera (@zin_cervera) el


Desgraciadamente, fue este uso del amaranto en rituales aztecas lo que ocasionó  que los conquistadores lo vieran como una herejía. Es por la intervención de los españoles del siglo XVI que el consumo del amaranto disminuyó durante la época virreinal. Irónicamente, los mismos españoles pasarían a “participar en la divinidad con su dios” al consumir este grano en la eucaristía.

Una foto publicada por fruit juice (@fruitjuice507) el


Es debido a toda la historia que hay detrás que la UNESCO nombró Patrimonio Cultural Intangible. Es su manera de reconocer la enorme riqueza de una abstracción humana, es decir, en una creencia o tradición.