Tecate es un pueblo mágico que seduce a cualquiera. Hasta Aldous Huxley, el mítico escritor inglés autor de Un mundo feliz, no pudo resistirse a su encanto y se quedó a vivir aquí un tiempo, en 1961. Durante un año, Huxley y su esposa se hospedaron en una cabaña al pie del cerro Cuchumá, un lugar considerado sagrado por los indígenas kumiai.

Cerro Cuchumá en Tecate.
Foto: enlineabc.com.mx

Cerro Cuchumá, donde reina el silencio

El cerro Cuchumá es uno de los lugares más representativos de Tecate, al igual que la empresa cervecera y el bello Parque Hidalgo. Tiene una altura de 859 metros, por lo que es una de las montañas más altas de la región. Este vértice geodésico se ubica exactamente en la frontera de México y Estados Unidos, lejos de bullicio, en una zona donde reina el silencio.

Cerro Cuchumá en Tecate.
Foto: elevation.maplogs.com

El paisaje alrededor del cerro Cuchumá incluye senderos, árboles y magia. Un escenario con lo ideal para actividades como la escritura y la meditación, como el que Huxley buscaba para formar una especie de incubadora de creatividad e ideas. Aquí, lo que más impresiona es el silencio de la naturaleza entre desnudas alturas y la desolación de viejos montes sagrados cobijados por el sol.

Un lugar de magia y leyendas

El cerro Cuchumá es un lugar sagrado para los kumiai, una etnia asentada en Baja California que corre el riesgo de extinguirse. Actualmente, quedan poco más de cien miembros de esta comunidad y solo 15 continúan hablando la lengua propia de este pueblo. En Cuchumá, los kumiai incineraban a sus muertos. También, acudían a este lugar para curarse, soñar y “recibir visión”, pues la montaña simboliza lo sobrenatural. Cada año se realiza una cabalgata al cerro que parte desde el Valle de las Palmas.

Alrededores del cerro Cuchumá.
Foto: tecate.travel

Existe una leyenda que cuenta que el cerro Cuchumá es en realidad el espíritu de un enamorado que vigila a su amada. Cuchumá era el nombre de un joven guerrero que estaba enamorado de Iztakat, la joven más bella de la tribu cochimí. Su amor no estaba permitido, pues la joven estaba prometida para ser sacrificada al dios del sol. Iztakat fue condenada a muerte por su falta y Cuchumá, después se atravesó el corazón con su propia flecha pues no podía vivir sin su amada.

Los dioses, dolidos por el trágico final, convirtieron al guerrero en una montaña. Desde entonces guarda en su seno a Iztakat. La zona donde quedó la joven poco a poco se fue poblando, hasta convertirse en el pueblo de Tecate.  

Foto de portada: tijuanaesmas.files.wordpress.com

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