La Castañeda, el manicomio más tétrico de México

Si hay un hospital recordado en la cultura mexicana ese es La Castañeda. Una institución que sobresalió por su imponente figura arquitectónica y la promesa inconclusa de convertirse en una solución para las enfermedades mentales en el país. Pero todo fue un espejismo que se derrumbó ante la horrible realidad. El manicomio, poco tiempo después de su apertura, comenzó a ser conocido como “las puertas del infierno”.

La Castañeda poseía una imponente figura arquitectónica.
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La historia de La Castañeda

En lo que hoy son las Torres de Mixcoac se levantaba el inhumano hospital psiquiátrico conocido como La Castañeda. Se construyó durante el Porfiriato en el terreno que antes ocupaba una hacienda pulquera. Al principio, fue considerado un símbolo de progreso para celebrar el centenario de la Independencia de México en 1910. Incluso, poseía una caprichosa arquitectura afrancesa, inspirada en el hospital psiquiátrico parisino de Charenton.

La Castañeda se encontraba en lo que hoy son las Torres de Mixcoac.
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Sin embargo, las promesas de gloria quedaron a atrás cuando estalló la Revolución Mexicana. La Castañeda se quedó sin presupuesto y sin organización, lo que representó el fin de la atención de la locura de los pacientes basada en la ciencia. Para el inició de la década de 1960, el manicomio contaba con una pésima reputación. Algunos periodistas que lograron entrar narraron los horrores al interior. Entonces se decidió derrumbar el hospital, salvo la facha del antiguo edificio de Servicios Generales que fue trasladada piedra por piedra a Amecameca.

Insalubridad, hacinamiento y maltratos

La Castañeda cerró definitivamente en 1968 y los enfermos fueron distribuidos en hospitales del entonces Distrito Federal y el Estado de México. Durante 58 años, este tétrico instituto psiquiátrico fue testigo de actos inhumanos, maltratos y violencia extrema. Llegó a albergar a más de 60 mil pacientes, catalogados algunos como “homosexuales”, “infecciosos” o “epilépticos”. Era una auténtica prisión donde los enfermos se dividían según su sexo, padecimiento y condición social.

La Castañeda cerró definitivamente en 1968.
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La elegancia que el inmueble presumía por fuera, nada tenía que ver con la situación del interior. Los pacientes dormían en el piso, entre orines, sudores y mordeduras de ratas. La atención médica era un mito, pero la falta de vigilancia era una realidad. Había violaciones, golpizas entre internos, muertes por enfermedades gástricas y torturas. Hasta el pintor José Luis Cuevas dibujó a los pacientes recibiendo descargas eléctricas. Meses antes de las olimpiadas de 1968, La Castañeda se convirtió en poco más que un recuerdo.

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