Hace aproximadamente 65 millones de años, un asteroide o cometa del tamaño de una pequeña ciudad impactó contra la Tierra con una fuerza de 100 millones de megatones, 2 millones de veces más poderosa que cualquier bomba inventada por el hombre, creando consecuencias catastróficas para el mundo. Eso fue también lo que creó al cráter Chicxulub, descubierto en 1978 por Glen Penfield.

Representación gráfica del cráter Chicxulub

Su descubrimiento no fue algo sencillo, pues incluso para alguien que pudiera ver al cráter por encima, las evidencias de su existencia son difíciles de notar debido a millones de años de erosión y sedimentación. Tal vez lo que más delate la posición del Chicxulub son los cenotes, esos antiguos pozos de agua utilizados por los mayas en sus tiros y tradiciones, pues rodean al sitio del impacto, en donde la roca se debilitó.

Fue por ello que Penfield, quien trabajaba para Pemex en ese entonces, notó una estructura semicircular en el Golfo de México por medio de mapeo del campo magnético que sugería un impacto de cráter. Años después, el equipo de geólogos Luis y Walter Alvarez, padre e hijo, junto a Alan Hildebrand, argumentaron que era aquí donde se localizaba el cráter del impacto, pues la alta presencia de iridio –un metal inusual que abunda en meteoritos– en esta zona era evidencia de ello.

No sería hasta 1990 cuando Penfield y Hildebrand comenzaron a trabajar juntos, confirmando lo que sospecharon por muchos años: aquí se estrelló el meteorito que extinguió a los dinosaurios. Fue así que el cráter Chicxulub obtuvo el reconocimiento que ahora tiene.

Lo que causa más preocupación es el hecho de que meteoros del tamaño de este cráter impactan al planeta Tierra aproximadamente cada 100 millones de años, recordándonos un hecho histórico y, en una manera más macabra, lo frágil que es la vida.