En 1968 se derrumbó uno de los edificios en Ciudad de México con una de las historias más intrigantes y oscuras de la capital del país: La Castañeda, un antiguo hospital psiquiátrico y asilo que eventualmente sería conocido como “El palacio de la locura”. Si bien actualmente sólo sobrevive su fachada, la cual fue trasladada a otra locación, la historia de este lugar es una que todo capitalino conoce.

La Castañeda

El Manicomio General de La Castañeda fue erguido sobre una hacienda homónima en Mixcoac que producía pulque, la cual era propiedad del señor Torres Adalid, quien fuera amigo personal de Porfirio Díaz. Cuando el presidente decide establecer un lugar que trate a enfermos mentales al ejercer la psiquiatría de manera profesional, como un símbolo de progresismo de la época, se escoge este lugar para llevar a cabo la tarea, en parte por la influencia ejercida por el médico precursor a la psiquiatría, Eduardo Liceaga.

Así, La Castañeda abrió sus puertas el 1 de septiembre de 1910. Fue diseñado por el ingeniero militar Salvador Echegaray, quien se inspiró para su construcción en el hospital psiquiátrico francés, Charenton, que en ese entonces se encontraba en funcionamiento en París.

La Castañeda

Sin embargo, su época dorada duró muy poco. Una falta de recursos debido a la Revolución Mexicana ocasionó que los pacientes no recibieran la atención adecuada, por lo que se les daba un tiempo mínimo de servicio antes de ser dados de alta. Al acabar la guerra, la situación empeoró para el lugar, pues había una sobrepoblación de pacientes, en algún momento teniendo a 3 mil personas, 3 veces más la de su capacidad original.

A esto se suma los tratos inhumanos que recibían los pacientes. Al aceptar a reos de cárceles, esquizofrénicos, alcohólicos, epilépticos, prostitutas y hasta a indígenas –calificando a los últimos como inadaptados sociales–, se creó un caos inmenso. El equipo médico no estaba capacitado para atender a tantos y los miembros integrantes del hospital comenzaron a atacar a quienes debían cuidar.

La Castañeda

Algunos de los pabellones recibieron nombres discriminatorios como “pabellón de los imbéciles” o “pabellón de los idiotas”. Se utilizaba un exceso de terapia de electroshock hasta dejar a los pacientes inconscientes, se les bañaba con agua helada y los aislaban por varios días en sitios llenos de humedad y ratas.

Esta situación continuó hasta el 29 de junio de 1968, poco antes de la Matanza de Tlatelolco, cuando el presidente Gustavo Díaz Ordaz ordena su demolición. La fachada fue rescatada por  Arturo Quintana Arrioja, quien se encargó de que fuera trasladada piedra por piedra a su propiedad en Amecameca, Estado de México.