No todo en Jalisco es tequila o mezcal. En algunas de las regiones del estado existe una bebida tradicional que es orgullo de los jaliscienses: la raicilla. Su proceso de elaboración es una receta guardada celosamente, aunque muy similar al del tequila. Sin embargo, la tradición no se detiene ahí. El envasado es algo crucial, pero lo más interesante es la manera en que se combina para formar toda clase de remedios naturales.

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Para todo mal, raicilla

Primero hablemos de su elaboración. Se extrae de una clase de agave conocida como lechuguilla. Para aprovechar dicha planta, se requiere un periodo de espera de ocho años; en lo que alcanza la etapa de madurez. Pasado ese tiempo, se le corta el quiote –flor, en otras palabras– y las hojas. Luego se cocina en un horno de piedra, que se elabora rústicamente en la tierra cavando un hoyo para introducir leña, las piedras y el corazón de la lechuguilla en él.

Cuando el corazón ya está cocido, es retirado del horno y machacado para que puedan depositarlo en un contenedor de madera. Ahí permanece durante cinco o seis días, en espera de su fermentación. En cuanto está fermentado, se somete a un proceso de destilación similar al del tequila. La diferencia es que el producto final es una bebida cristalina, más transparente que el agua y con 65 por ciento de grados de alcohol.

 

La raicilla puede tomarse sola o, si el paladar no está acostumbrado al regusto del alcohol; puede ir preparado con café, paciflora, mandarina, naranja y cuastecomate, además de otros cítricos. De hecho, el preparado de cuastecomate es utilizado para tratamientos contra la tos crónica y el asma. Otros remedios preparados con esta bebida combaten el “mal genio” y dolor de cabeza.

Aunque no genera resaca ni los efectos molestos de otras bebidas alcohólicas; la raicilla es fuerte y debe tomarse con estilo. Se toma un trago cerrando los labios, se deja pasar por la garganta, luego respiras por la nariz y abres la boca para exhalar. Así es como se aprecia su verdadero sabor.